La fuga de cerebros es un problema, sí, pero hay otros. La definición de España como nación de naciones siempre me pareció una concesión retórica y una exageración. Si nos atenemos al papel que estamos representando en el progreso tecnológico y científico de la humanidad por un lado, y a la mentalidad dominante por otro, creo que sería mucho más adecuado referirnos a España como provincia de provincias. Y que no se mosqueen los de provincias, para mi el paradigma del provincialismo es el orgullo madrileño (ya saben, de Madrid al cielo) que gastaba yo hasta que me lo curé viviendo dos años en California.
Parece que el sentir de esa madre que le dice a su hijo "Paquito, a ver si encuentras un trabajo por aquí, que en Holanda hace mucho frio" lo ha impregnado todo. Así, Tamara Rojo, Directora artística del English National Ballet tiene que aclararle amablemente a un periodista que "es difícil concebir ahora la vuelta a España". A Ignacio Cirac, director de un Instituto Max Planck, le preguntan cosas parecidas en las entrevistas.
El drama de la fuga de cerebros no lo sufren ese profesor de MIT, ese director del Max Planck, o esa directora del English National Ballet. Ni siquiera ese postdoc en Alemania, o no digo ya si está en San Diego, Santa Barbara, San Francisco, Vancouver, Melbourne, Sidney, o tantos otros lugares alucinantes para vivir y para dedicarse a la investigación. Por tanto, me irrita ver que se trata el asunto de la fuga de cerebros como el del drama del "pobre Paquito" que está lejos de su pueblo y de su madre y sin un mal bocata de chorizo con el que poder aminorar el disgusto.
El drama, lógicamente, lo tiene España como sociedad, que no termina de sacarle partido al capital humano que ha formado, con dinero público la mayor parte de las veces. Y esto tiene mucho que ver con una de las obsesiones de este blog: qué tenemos que hacer para convertir el conocimiento en dinero, y poder así seguir invirtiendo en el conocimiento.
En este contexto, algunas proclamas contra la fuga de cerebros esconden otras cosas. Teníamos así alguna Universidades con "programas cantera"
que podían conseguir la hazaña de meter a un chaval con 18 años en
primero de carrera y jubilarlo 42 años más tarde de catedrático,
carrera, tesis y plaza de por medio, sin haber salido nunca de las
mismas cuatro paredes. En los sueños húmedos de más de un tuercebotas
está la carrera académica sin el engorroso postdoc
en el extranjero. O sea, que una parte del debate sobre la fuga de
cerebros viene impregnada del inconfundible aroma de la mediocridad y del no querer salir de tu pueblo.
El gobierno anda ahora restándole a los cerebros fugados los cerebros importados, y están a punto de inventar la balanza cerebral, y a lo peor es negativa, que para dar malas noticias esta gente no tiene rival. Quizá sería mejor que reflexionásemos sobre quien importa cerebros, y quien los espanta. En España hay programas e instituciones que están haciendo una labor extraordinaria en la importación de cerebros. Por ejemplo, Ikerbasque e ICREA. Y luego tenemos una aplastante mayoría de departamentos universitarios que son fervientes seguidores del Athletic de Bilbao, con una boina metafórica calada en la cabeza y solo dan trabajo a los de casa, que coexisten con unos poquitos departamentos de los que nos podemos sentir relatívamente orgullosos, que tienen programas de doctorado en inglés, profesores que han pasado casi todos unos años investigando en centros extranjeros de prestigio, y que lo siguen haciendo ahora ganando el mismo sueldo que los de la boina.